2 de noviembre de 2026
MC. Ricardo Morales | Director de AgroDer
Pulso del Agro
Opinión

Agricultura regenerativa: menos etiquetas, más resultados

La agricultura regenerativa no puede quedarse en discursos ni etiquetas comerciales. Si queremos que los productores adopten nuevas prácticas, debemos demostrar resultados en el suelo, la productividad y la rentabilidad. Regenerar el campo también debe significar mejores ingresos para quienes lo trabajan.

MC. Ricardo Morales

La agricultura regenerativa se ha convertido en una de las conversaciones más importantes del sector agroalimentario. Aparece en congresos, estrategias de sostenibilidad, reportes corporativos y campañas comerciales. Hoy parece que todo el mundo está regenerando.

Y justamente por eso creo que es momento de hacer una pausa.

No porque la agricultura regenerativa sea una mala idea. Todo lo contrario. Estoy convencido de que representa una de las mejores oportunidades que tenemos para recuperar la salud de nuestros suelos, construir sistemas productivos más resilientes y enfrentar algunos de los desafíos que ya estamos viviendo en materia de degradación ambiental, disponibilidad de agua y cambio climático.

Mi preocupación es otra: Estamos corriendo el riesgo de vaciar el concepto de contenido.

Con frecuencia escucho que la agricultura regenerativa se presenta como una práctica aislada: usar un bioinsumo, sembrar un cultivo de cobertura, reducir fertilizantes, realizar mínima labranza o incorporar ganado durante algún periodo.

Y quiero ser muy claro en este punto: todas esas prácticas son positivas.

De hecho, necesitamos muchas más de ellas. Necesitamos más agricultura de conservación, más eficiencia en el uso de insumos, más monitoreo, más cobertura vegetal, más restauración de suelos y más innovación enfocada en la sostenibilidad. Cada paso que contribuya a producir mejor y con menor impacto debe reconocerse e impulsarse.

En AgroDer hemos tenido la oportunidad de acompañar procesos de transformación con pequeños productores, organizaciones de productores y grandes empresas agroalimentarias. Hemos visto cómo prácticas aparentemente sencillas generan mejoras importantes en la salud del suelo, la infiltración de agua, la eficiencia productiva y, en muchos casos, en la rentabilidad misma de las unidades de producción.

Pero una práctica aislada no convierte automáticamente a un sistema en regenerativo.

La agricultura regenerativa, al menos desde mi perspectiva, debe entenderse como un sistema de manejo. Un sistema que busca mejorar la salud del suelo, incrementar la materia orgánica, fortalecer la biodiversidad funcional, mejorar la infiltración y retención de agua, reducir la dependencia de insumos externos y generar resiliencia económica y ecológica.

La diferencia parece semántica, pero no lo es.

Cuando dejamos de hablar de sistemas y comenzamos a hablar únicamente de prácticas, aparece el primer gran riesgo: el greenwashing.

Vivimos un momento en el que la palabra «regenerativo» tiene valor comercial. Muchas empresas quieren asociarse con ella. Muchas marcas desean comunicarla. Muchos programas buscan apropiarse de esa narrativa. El problema es que la regeneración no puede sostenerse únicamente sobre discursos.

Lo que no se mide no se puede mejorar. Y lo que no se puede demostrar difícilmente puede llamarse regeneración.

Necesitamos líneas base. Necesitamos monitoreo. Necesitamos indicadores de materia orgánica, infiltración, biodiversidad y desempeño económico. Necesitamos evidencia.

De lo contrario, estamos sustituyendo ciencia por narrativa.

La discusión tampoco debería plantearse como una confrontación entre agricultura convencional y agricultura regenerativa. Esa dicotomía simplifica una realidad mucho más compleja. Hay productores incorporando valiosas prácticas sostenibles desde distintos enfoques y todos esos esfuerzos merecen reconocimiento.

No toda práctica sostenible es agricultura regenerativa.

Pero eso no disminuye su valor. Al contrario. Reconocer las diferencias nos permite comunicar con honestidad y fortalecer la credibilidad de quienes están recorriendo procesos de transformación genuinos.

Hay otro aspecto que me preocupa particularmente: la distribución del riesgo.

Con demasiada frecuencia el productor es quien debe modificar prácticas, invertir tiempo, asumir incertidumbre y enfrentar posibles reducciones de rendimiento durante los primeros años de transición. Mientras tanto, otros actores de la cadena capturan buena parte del valor reputacional asociado al discurso regenerativo.

Esa ecuación es injusta.

Si realmente creemos en la agricultura regenerativa, necesitamos modelos donde los riesgos también se compartan. Se requiere acompañamiento técnico, financiamiento, métricas claras y mecanismos que permitan que el productor capture parte del valor que ayuda a generar.

También debemos reconocer una realidad fundamental: no existe una receta universal.

La regeneración depende del contexto.

Lo que funciona en Chihuahua puede no funcionar de la misma manera en Sinaloa. Lo que es viable para un sistema ganadero extensivo puede resultar extremadamente complejo en una operación hortícola intensiva. Precisamente por eso, en AgroDer hemos aprendido que cada proceso debe construirse a partir de las condiciones reales del productor, del suelo, del cultivo, del clima y del mercado. No existen atajos ni soluciones universales.

Otra pregunta frecuente es: ¿Cuánto?

¿Hasta donde debo realizar cada práctica para ser regenerativo? La respuesta es más sencilla: lo más posible. No existe para ello tampoco un umbral, porque depende de ese mismo contexto.

Reducirás la labranza y la carga química e incorporarás cultivos de cobertura y ganado en la mayor medida posible. ¿A partir de cuánto serás regenerativo? Si te importa la etiqueta, tu respuesta es simple: a partir de lo que te pide el certificador. Si quieres impulsar un cambio real, la respuesta es otra: hasta donde puedas.

Mi postura sobre la agricultura regenerativa es profundamente optimista.

Creo que nuestros suelos necesitan regenerarse.

Creo que existen productores demostrando resultados extraordinarios.

Creo que podemos producir alimentos de manera más resiliente y más inteligente.

Pero también creo que debemos proteger este concepto de quienes intentan convertirlo únicamente en una estrategia comercial.

La agricultura regenerativa no necesita más etiquetas. Necesita más evidencia.

No necesita más presentaciones. Necesita más resultados.

No necesita más promesas. Necesita más suelo vivo.

Porque al final la regeneración no es una moda ni un destino. Es una dirección.

Y la diferencia entre una regeneración real y una regeneración de PowerPoint siempre será la misma: lo que sucede en el campo. La verdad estará en el suelo, en el agua, en la biodiversidad, en la productividad y, eventualmente, en el bolsillo del productor. Ahí es donde sabremos si realmente estamos regenerando.