
Marzo no solo confirmó tensiones, las amplificó.
Lo que antes eran señales de presión en el sistema agroalimentario, este mes empezó a traducirse en impactos directos en precios, producción y rentabilidad.
El golpe más evidente vino por el lado de los insumos.
El conflicto en Medio Oriente y el bloqueo en el Estrecho de Ormuz encarecieron los fertilizantes hasta en 25 por ciento, justo en el inicio del ciclo agrícola de primavera.
No es un mal timing, es el peor posible. Porque el fertilizante no es un costo más, es el que define el potencial productivo. Y cuando ese costo sube, todo el sistema se ajusta: siembra, rendimiento y precio final.
Ese ajuste ya se empezó a reflejar en los alimentos.
Las heladas y daños climáticos en estados clave redujeron la oferta de hortalizas, provocando incrementos como el del tomate saladette, que subió 86.8 por ciento anual.
Y no fue un caso aislado. En marzo, frutas y verduras registraron aumentos cercanos al 24 por ciento anual, mientras la inflación general se ubicó en 4.63 por ciento, su nivel más alto en 15 meses.
El mensaje es claro: el consumidor ya está absorbiendo el impacto del campo.
Pero el problema no es solo de precios, también es de producción.
El trigo enfrenta una caída proyectada de 33.9 por ciento, con una reducción similar en superficie sembrada.
Y en Sinaloa, la crisis de rentabilidad ya es tangible: cerca de 100 mil hectáreas de maíz fueron abandonadas, ante costos que superan los 52 mil pesos por hectárea y precios que no alcanzan a cubrirlos.
Aquí el punto es crítico: ya no es que el productor gane menos… es que decide no producir.
En paralelo, los factores externos siguen desordenando el mercado.
El rechazo de 489 toneladas de mango mexicano por presencia de larvas evidenció debilidades en sanidad e inocuidad, justo cuando el país busca diversificar mercados.
Mientras tanto, eventos como narcobloqueos en el norte del país generaron distorsiones logísticas que dispararon precios de alimentos básicos como tomate y papa en más de 70 y hasta 120 por ciento.
El campo no solo enfrenta clima y mercado, también enfrenta entorno operativo.
En el plano internacional, la competencia y los ajustes continúan.
Brasil muestra comportamientos mixtos en jugo de naranja y soja, mientras China mantiene crecimiento en cítricos.
Perú enfrenta restricciones en mango por lluvias y Marruecos sufre daños en berries por tormentas.
El mundo produce, pero con cada vez más fricción.
Y en medio de eso, los movimientos estratégicos siguen.
Empresas globales continúan consolidándose, mientras rankings ESG posicionan a gigantes de alimentos como líderes en sostenibilidad.
Al mismo tiempo, México pierde terreno relativo: aunque alcanzará una producción agropecuaria de 285 millones de toneladas, ya cayó al lugar 11 entre productores globales.
Crecemos, pero otros crecen mejor.
En algunos sectores hay señales positivas.
Las exportaciones de aguacate siguen dinámicas y México se encamina a fortalecer su posición como proveedor clave de berries hacia Estados Unidos, con un crecimiento proyectado del 4 por ciento.
Pero son excepciones dentro de un sistema que, en general, está bajo presión.
Incluso en mercados específicos, las distorsiones aumentan.
El sector azucarero enfrenta contrabando, menor exportación y sustitución por jarabe de maíz de alta fructosa, mientras los commodities agrícolas cierran en su mayoría en terreno negativo, reflejando la incertidumbre global.
Conclusión
Marzo deja una señal más fuerte que los meses anteriores:
el sistema no solo está presionado, empieza a ceder en puntos clave.
Suben los costos.
Suben los precios.
Baja la producción en algunos cultivos.
Y en ciertos casos, el productor simplemente se retira.
En 2026, el riesgo ya no es solo operar con menor margen.
Es que el sistema pierda capacidad de respuesta.
Porque cuando producir deja de ser rentable, el problema deja de ser agrícola… y se vuelve estructural.
Dania Gámez
Especialista en agronegocios y análisis agroalimentario | Productora de contenido y host del podcast Ellas en el Agro


