15 de agosto de 2026
MC. Raymundo Elizalde Gastelo
Visión Agrícola 360
Opinión

Inocuidad: confianza que se cultiva

La inocuidad alimentaria no se limita a una fecha conmemorativa: es el compromiso permanente de producir alimentos seguros y proteger la salud de los consumidores. En un momento en que el campo planea el próximo ciclo agrícola, invertir en prevención, buenas prácticas y confianza sigue siendo una de las decisiones más rentables para el futuro del sector.

MC. Raymundo Elizalde

Aunque el Día Mundial de la Inocuidad Alimentaria se conmemoró el pasado 7 de junio, su mensaje sigue plenamente vigente durante julio, cuando muchas regiones agrícolas ya están evaluando el ciclo que terminó y preparando decisiones para el siguiente. La inocuidad no es una fecha en el calendario; es una responsabilidad permanente que acompaña cada alimento desde el campo hasta la mesa.

 

Hablar de inocuidad alimentaria es hablar de alimentos seguros para comer. Significa que el tomate, el pepino, el chile bell, las berries, el mango, los granos, la carne o cualquier producto que llega al consumidor fue producido, manejado, empacado, transportado y preparado con cuidado. En palabras sencillas, que ese alimento no represente un riesgo para la salud.

 

El tema puede parecer técnico, pero en realidad toca la vida diaria de todos. Cada familia espera que lo que compra en el mercado, en el supermercado o en una tienda sea confiable. Nadie quiere enfermar por una ensalada, por una fruta mal manejada o por un alimento contaminado. Esa confianza, aunque muchas veces no se ve, sostiene buena parte del valor del campo.

 

Para Sinaloa, este tema tiene un peso estratégico. Somos una región agrícola que produce alimentos frescos para millones de consumidores dentro y fuera de México. Cada caja de hortalizas lleva inversión, agua, tecnología, mano de obra, empaque, transporte y reputación. Cuando un producto llega bien, se fortalece la confianza; cuando ocurre una alerta sanitaria, toda la cadena puede resentir el golpe.

 

La inocuidad empieza mucho antes del empaque. Inicia en la selección del terreno, en la calidad del agua, en el manejo de fertilizantes, en la higiene del personal, en la limpieza de herramientas, en los baños agrícolas, en el control de fauna, en la trazabilidad y en la disciplina diaria de hacer bien las cosas aunque nadie esté revisando.

 

Durante muchos años, algunas empresas vieron la inocuidad como una carpeta de documentos, una lista de formatos o una visita de auditoría. Eso ayuda, por supuesto, pero no alcanza. La inocuidad verdadera vive en la cultura de trabajo: en el trabajador que se lava las manos, en el encargado que corrige a tiempo, en el agricultor que invierte en prevención y en la empresa que entiende que la salud del consumidor vale más que cualquier ahorro mal entendido.

 

También hay que decirlo con claridad: producir alimentos seguros cuesta. Requiere infraestructura, capacitación, análisis de laboratorio, supervisión, registros, asesoría técnica y tiempo. Para muchos agricultores pequeños y medianos, cumplir con todas las exigencias puede sentirse pesado, sobre todo cuando los precios bajan, los costos suben y los márgenes se reducen.

 

Pero la pregunta de fondo es inevitable: ¿cuánto cuesta perder la confianza del consumidor? Una alerta sanitaria, un rechazo de producto, una suspensión comercial o una mala noticia en medios puede ser mucho más costosa que invertir a tiempo en prevención. En mercados como Estados Unidos, Canadá, Europa o Japón, la inocuidad ya no es un valor adicional; es la puerta de entrada.

 

En frutas y hortalizas frescas el reto es todavía mayor, porque muchos productos se consumen crudos. El tomate, el pepino, las berries, el chile bell, las lechugas y otras hortalizas requieren controles estrictos desde el campo hasta el anaquel. Un descuido en agua, higiene o manejo puede borrar meses de trabajo en cuestión de horas.

 

Aquí el gobierno tiene una responsabilidad central. Debe fortalecer los sistemas de vigilancia, los laboratorios, la capacitación y el acompañamiento técnico, especialmente para agricultores que quieren cumplir, pero no siempre cuentan con los recursos suficientes. La inocuidad debe proteger al consumidor nacional con el mismo rigor con el que se protege al mercado de exportación.

 

Los productores, las organizaciones del campo, los comercializadores y los exportadores también tienen que hacer su parte. Se requiere revisar fuentes de agua, capacitar cada ciclo agrícola, documentar procesos, mejorar instalaciones, identificar riesgos antes de que se conviertan en crisis y pagar mejor a quienes cumplen. La presión por precio no debe debilitar prácticas que protegen al consumidor y cuidan la reputación del origen.

 

La sociedad y los consumidores también participan en esta cadena. En casa se completa el cuidado: lavar, separar alimentos crudos y cocidos, refrigerar correctamente, cocinar bien y revisar las condiciones de compra. La inocuidad termina en la cocina, pero empieza mucho antes, en una red de decisiones que conecta al campo con cada familia.

 

Publicar esta reflexión en julio tiene sentido porque el mensaje ya no debe quedarse en la conmemoración de junio. Justamente ahora, cuando se revisan resultados, se planean siembras y se toman decisiones para el siguiente ciclo agrícola, conviene recordar que la confianza también se siembra. Y cuando se pierde, cuesta mucho volver a cultivarla.

 

Al final, la inocuidad es como una semilla silenciosa. Casi nadie la nota cuando todo sale bien, pero sostiene la cosecha completa. Se siembra con disciplina, se riega con ciencia y se cosecha en forma de salud, mercado y reputación. Cuidarla es cuidar al consumidor, al agricultor y al futuro del campo mexicano.

 

Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.