22 de octubre de 2026
MC. Raymundo Elizalde Gastelo
Visión Agrícola 360
Opinión

Menos sorgo, más presión sobre la alimentación

La menor cosecha de sorgo en México compromete el ingreso de los productores y presiona el abasto para la alimentación animal. Sequía, endeudamiento y baja rentabilidad evidencian la necesidad de recuperar la viabilidad del cultivo.

MC. Raymundo Elizalde

El Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) estimó en 3.3 millones de toneladas la cosecha de sorgo en México del ciclo octubre de 2025 a septiembre de 2026, una caída anual de 20.5%. El retroceso afecta el ingreso rural y reduce la oferta de un grano utilizado para alimentar animales, con consecuencias para toda la cadena.

 

El sorgo tiene poca presencia en la conversación sobre alimentos, aunque participa en la producción de carne, huevo y leche. Su grano aporta energía a las raciones del ganado y las aves. Cuando disminuye su disponibilidad, las empresas pecuarias deben revisar proveedores, inventarios y mezclas de alimentos, con efectos distintos según su ubicación.

 

El USDA asocia la caída con sequía, endeudamiento y falta de rentabilidad. Esa combinación ayuda a entender el problema: una parcela necesita humedad, pero también dinero para sembrarse. Si la venta anterior dejó cuentas pendientes, el productor puede reducir superficie o inversión, aun cuando encuentre condiciones climáticas mejores para cultivar.

 

El sorgo tolera mejor la escasez de agua que otros cereales, una ventaja valiosa para regiones secas. Esa resistencia tiene límites: sin humedad suficiente también pierde productividad. Presentarlo como una solución automática ante la sequía puede llevar a decisiones equivocadas. La semilla, el suelo y la oportunidad de las lluvias siguen contando.

 

Tamaulipas merece especial atención por su peso en la producción nacional. Cuando reduce sus cosechas, el abasto a otras regiones puede resentirlo. La intervención debe distinguir entre parcelas de temporal, dependientes de las lluvias, y superficies bajo riego. Sus necesidades de inversión y manejo son diferentes, aun dentro de un mismo municipio.

 

Además, el sorgo compite con el maíz amarillo en la alimentación animal. La industria compara precio, calidad, transporte y disponibilidad durante el año. Por eso una cosecha mexicana reducida puede coexistir con márgenes estrechos para el productor: los compradores tienen alternativas y el valor del grano responde también al mercado internacional.

 

El Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA) reporta en septiembre alzas del sorgo en Tamaulipas y Sinaloa por menor disponibilidad. Eso ofrece una oportunidad a quien tiene producto. Para quien cosechó poco o vendió antes, la mejora puede llegar tarde. Un precio mayor por tonelada no garantiza recuperar el ingreso perdido por una cosecha menor.

 

Tampoco corresponde anunciar que carne, huevo y leche subirán en la misma proporción que cae el sorgo. El resultado depende de otros granos, del tipo de cambio, los inventarios y la competencia. La señal merece atención por la fragilidad que revela, sin convertir una caída productiva en un pronóstico automático para todos los alimentos del mercado.

 

Importar puede cubrir faltantes y mantener activas granjas y fábricas de alimento. El riesgo crece cuando esa solución desplaza de forma persistente la capacidad local de producir. Una cadena demasiado expuesta al exterior enfrenta variaciones del dólar, fletes y entregas. Conviene evaluar el costo de abastecerse junto con el de perder proveedores.

 

¿Qué incentivo tiene una familia para volver a sembrar si cosechar bien no alcanza para pagar sus cuentas? La pregunta debe orientar la política de granos. Pedir más producción exige revisar cuánto queda después de pagar semilla, fertilizante, renta, agua y crédito. El rendimiento por hectárea dice poco cuando el margen de cada cosecha es negativo.

 

La Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER) debe coordinar con los estados un diagnóstico regional de superficie, rendimientos y costos. Con esa información puede focalizar apoyos y evitar respuestas uniformes. Se requiere identificar dónde falta agua, dónde se cerró el crédito y dónde existe producción que necesita mejores compradores.

 

La banca y las organizaciones de productores pueden revisar deudas de unidades viables y financiar la siguiente siembra con presupuestos realistas. El seguro debe corresponder al riesgo de la zona. Prestar más sin capacidad de pago puede agravar el problema; recuperar producción exige que el financiamiento tenga respaldo técnico y salida comercial.

 

Las empresas pecuarias pueden contribuir con contratos previos a la siembra que definan calidad, fórmula de precio y fecha de pago. Las organizaciones agrícolas deben negociar además fletes y almacenamiento. Un acuerdo verificable permite calcular márgenes y facilita el crédito, siempre que distribuya los riesgos de manera clara entre ambas partes.

 

En las parcelas, la prioridad es conservar humedad y gastar con más criterio. Los técnicos pueden apoyar con análisis de suelo, fechas de siembra e híbridos adaptados a cada región. Mantener cobertura con rastrojo ayuda a proteger el suelo. La tecnología debe evaluarse por su costo y por el ingreso que realmente deja, antes de extender su adopción.

 

Los recursos públicos son limitados y deben lograr resultados medibles. Un programa para sorgo tendría que medir cuánto mejora el margen del agricultor, cuánta agua utiliza y qué proporción de la cosecha tiene comprador. Apoyar hectáreas sin revisar esos resultados puede repetir pérdidas. La evaluación debe acompañar al presupuesto desde el inicio.

 

La caída del sorgo muestra que alimentar a México también depende de cultivos que rara vez aparecen en nuestra mesa. Recuperar su viabilidad significa dar a las familias rurales razones para permanecer en la actividad. Una cosecha debe permitir pagar las deudas y preparar la siguiente. Cuando eso deja de ocurrir, el país pierde mucho más que grano.

 

Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.