2 de noviembre de 2026
MC. Raymundo Elizalde Gastelo
Visión Agrícola 360
Opinión

Seguros agrícolas: proteger la cosecha y el patrimonio

Solo el 2% de las unidades agropecuarias en México tenía seguro en 2022. Costos elevados, falta de crédito y desconfianza limitan la protección del campo.

MC. Raymundo Elizalde

En México, apenas dos de cada cien unidades de producción agropecuaria tenían seguro, según el Censo Agropecuario 2022. Esa cifra ayuda a dimensionar el riesgo: una sequía, una helada o una inundación pueden llevarse la cosecha y el dinero invertido. Para una familia, el daño puede afectar el ingreso que sostiene la casa y permite volver a sembrar.

 

El tema volvió al debate en octubre de 2026, en un foro organizado por El Economista y el Consejo Nacional Agropecuario. Allí se señalaron tres barreras: pólizas caras, poco conocimiento de los seguros y desconfianza sobre sus pagos. Reducir el problema a una falta de cultura entre productores deja fuera las condiciones reales de contratación.

 

El porcentaje cuenta unidades productivas, que pueden reunir varias parcelas y tener tamaños muy distintos. Para conocer el alcance real del aseguramiento también hay que medir hectáreas y valor de la producción protegida. Ese diagnóstico permitiría ubicar cultivos y regiones donde el seguro no llega y diseñar apoyos que respondan a esa realidad.

 

El 61% de las unidades reportó pérdidas por factores climáticos o biológicos en el censo de 2022. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía documentó así un problema extendido. Cuando el daño reduce la cosecha, quedan pagos pendientes de semillas, fertilizantes, jornales y servicios que ya se utilizaron para establecer y cuidar los cultivos.

 

La falta de crédito agrava la fragilidad. Según el mismo censo, apenas el 6.1% de las unidades obtuvo crédito en 2022. Una cobertura adecuada puede proteger la inversión y facilitar el pago del crédito tras un daño cubierto. Pero exigir una póliza como requisito tampoco garantiza que sus condiciones respondan a las necesidades de quien la contrata.

 

Para un productor pequeño, pagar el seguro compite con necesidades inmediatas: comprar semilla, contratar labores y sostener a la familia hasta la cosecha. Si el margen es reducido, cualquier gasto adicional pesa. Ampliar la protección exige entender ese flujo de dinero y ofrecer opciones cuyo costo pueda asumirse antes de que lleguen los ingresos.

 

Una póliza debe explicar cuánto cuesta, qué riesgos cubre y qué deducible se aplica: la parte del daño cubierto que absorbe el productor. También debe aclarar exclusiones, vigencia y plazos para reportar daños. Comparar únicamente el precio puede llevar a contratar una cobertura que resulte insuficiente justamente cuando más falta haga el respaldo.

 

Los Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura, conocidos como FIRA, ofrecen incentivos asociados al crédito para contratar seguros. Cosechando Soberanía contempla los apoyos para actividades y montos elegibles. El productor debe revisar con su intermediario qué parte del costo le corresponde y si cumple los requisitos para obtenerlos.

 

Quienes producen sin crédito también necesitan protección. Las organizaciones agrícolas pueden acercar asesoría y negociar esquemas colectivos para facilitar el acceso. Los fondos de aseguramiento son otra vía, siempre que tengan administración profesional, reservas suficientes y reaseguro: respaldo financiero para afrontar pérdidas de gran tamaño.

 

Las coberturas deben responder al cultivo y a cada región. El riesgo de una parcela de maíz de temporal difiere del de la producción de tomate bajo invernadero. La disponibilidad real de agua y el capital invertido cambian lo que necesita protegerse. Las aseguradoras deben ofrecer contratos comparables, con ajustes que respondan a esas diferencias.

 

Los seguros paramétricos usan mediciones locales de lluvia o temperatura para activar el pago. Requieren registros que reflejen el clima de la zona y condiciones acordes con el cultivo. Una parcela puede sufrir mermas sin que el indicador active la cobertura. Por eso, la aseguradora debe explicar con claridad cómo y cuándo procede la indemnización.

 

Asegurar la inversión tampoco reemplaza el manejo del cultivo. Conservar humedad, limpiar drenajes, vigilar plagas y ajustar fechas de siembra puede bajar la exposición al daño. Productores y técnicos deben combinar prevención y cobertura según su región. El objetivo es evitar pérdidas cuando sea posible y contar con respaldo financiero si ocurren.

 

La confianza se construye al atender una reclamación. Aseguradoras y fondos deberían explicar por escrito cómo miden el daño, qué documentos piden y cuándo pagan. Publicar tiempos de respuesta y motivos de rechazo permitiría comparar servicios. Una indemnización tardía puede llegar después de que el productor tuvo que endeudarse.

 

El gobierno debe orientar los apoyos hacia quienes enfrentan mayores barreras y comprobar que cada peso amplíe la protección. Hace falta medir beneficiarios nuevos, riesgos cubiertos y capacidad de recuperación. El subsidio puede ayudar a pagar la prima, pero necesita presupuesto, reglas claras y evaluación para sostenerse con continuidad.

 

La política agrícola debe comparar el costo de subsidiar un seguro con el de atender una emergencia agrícola cuando la cosecha ya se perdió. ¿Qué respaldo ofrece la cobertura de un seguro agrícola a los productores que, después de un desastre, deben decidir si se endeudan o dejan de sembrar?

 

Perder una cosecha puede alterar mucho más que el balance del negocio: cambia decisiones sobre gastos de la casa, empleo y la siguiente siembra. México necesita seguros que cumplan lo pactado y productores que sepan qué están contratando. Darles una posibilidad real de recuperarse protege su patrimonio y ayuda a sostener la producción de alimentos.

 

Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.