
El sorgo entra a 2026 sin hacer ruido, pero con señales claras de tensión. No es un cultivo que suela acaparar titulares, aunque este año merece una mirada más atenta. Hay más grano disponible, el comercio internacional se mueve con fuerza y la demanda se mantiene firme, pero los precios siguen sin reaccionar. Esa combinación está empujando a productores, industriales y gobiernos a tomar decisiones difíciles.
Los datos más recientes provienen del USDA, siglas del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, una de las instituciones que mayor seguimiento da a la producción, el comercio y los precios de los granos a nivel mundial. Sus reportes suelen marcar el pulso del mercado y hoy confirman que el sorgo atraviesa un momento de ajustes forzados.
A nivel global, el ciclo 2025/26 se caracteriza por una mayor producción. El volumen mundial ronda los 63 millones de toneladas, impulsado principalmente por Estados Unidos, donde los rendimientos mejoraron y la superficie cosechada fue ligeramente mayor a la prevista. En papel, esto debería dar tranquilidad, pero el consumo también creció y ya supera esa cifra, alcanzando un máximo histórico.
China y México explican buena parte de ese aumento. El sorgo sigue ganando espacio en la alimentación pecuaria y en ciertos usos industriales, lo que mantiene activo el flujo comercial. El comercio internacional se acerca a 10 millones de toneladas, casi la mitad más que el ciclo anterior. El grano se mueve, cambia de manos, pero el mercado sigue tenso.
Estados Unidos es la pieza central del tablero. Para este ciclo, su producción supera los 11 millones de toneladas, un aumento cercano a una cuarta parte frente al ciclo previo. El consumo interno se mantiene alto y las exportaciones continúan en niveles elevados, impulsadas por el regreso de China como comprador y por la demanda constante desde México. Aun así, los precios en puntos de referencia no muestran una recuperación clara.
Aquí aparece una de las mayores contradicciones del mercado. China ya ha comprado alrededor de un millón de toneladas de sorgo estadounidense, muy por encima del año anterior, y aun así el precio permanece contenido. Hay demanda, pero también hay oferta suficiente. El resultado es un mercado saturado, donde el volumen no se traduce en mejores ingresos para el productor.
México vive este escenario con una presión adicional. Durante 2025, las importaciones de sorgo superaron las 990 mil toneladas, uno de los niveles más altos desde 2013. Al mismo tiempo, el precio promedio de importación cayó hasta rondar los 200 dólares por tonelada, su nivel más bajo en años. Para la industria pecuaria esto significa alivio en costos, pero para el productor nacional representa una competencia directa contra grano más barato.
La producción interna muestra contrastes muy marcados. Tamaulipas sigue siendo el principal productor del país, aunque con márgenes cada vez más estrechos. En estados como Chihuahua todavía quedan remanentes sin comercializar, presionando los precios locales. En el Bajío, los volúmenes disponibles son mínimos y se colocan a precios más altos. Cada región enfrenta su propio equilibrio, o desequilibrio, entre oferta y demanda.
En Sinaloa para el ciclo Otoño-Invierno 2025/26 se sembraron más de 14 mil hectáreas de sorgo, muy por encima de lo que se tenía planeado y muy lejos de las cifras del ciclo anterior. El sorgo apareció como alternativa frente a cultivos con rentabilidad limitada y como respuesta directa a la escasez de agua. Su baja demanda hídrica y la fuerte demanda de la industria pecuaria regional explican este movimiento.
Este crecimiento en superficie no necesariamente garantiza tranquilidad. El mercado sigue pagando precios ajustados y la rentabilidad depende cada vez más del control de costos y de la productividad. Producir sorgo hoy exige una lectura fina del mercado, porque cualquier error se refleja de inmediato en el margen.
El balance nacional confirma la presión estructural. México produce alrededor de 4 millones de toneladas, pero consume más de 5 millones. El déficit se cubre con importaciones y esa dependencia no parece disminuir en el corto plazo. Esto abre una pregunta incómoda, pero necesaria. ¿Hasta qué punto es viable seguir produciendo sorgo cuando se compite contra grano importado barato y con precios internacionales deprimidos?
La productividad sigue siendo uno de los grandes retos. Aunque hay regiones con avances importantes, el rendimiento promedio nacional permanece por debajo del de países líderes. En un mercado saturado, cada tonelada adicional por hectárea puede marcar la diferencia. La eficiencia ya no es una recomendación técnica, es una condición de supervivencia.
El 2026 obliga a ajustes forzados. Ajustes en superficie, en paquetes tecnológicos, en expectativas de precio y en la forma de tomar decisiones. Ya no se trata de esperar un repunte milagroso del mercado. Se trata de producir con disciplina, entender la lógica del comercio internacional y asumir que este grano cumple un papel estratégico.
La pregunta final queda flotando en el ambiente. ¿Estamos ayudando al productor a adaptarse a este nuevo escenario o lo estamos dejando solo frente a un mercado que aprieta cada vez más? Adaptarse dejó de ser una opción y se convirtió en una condición para seguir sembrando.
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