17 de agosto de 2026
MC. Raymundo Elizalde Gastelo
Visión Agrícola 360
Opinión

Semillas: el origen de la soberanía alimentaria

La semilla es el punto de partida de la producción agrícola, pero también uno de los eslabones más olvidados en la política pública del campo mexicano.

MC. Raymundo Elizalde

El pasado 10 de abril de 2026 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Programa Nacional de Semillas 2026-2030, y con ello volvió al centro de la conversación un tema que define mucho más de lo que a veces queremos admitir. Hablar de semilla en México, sobre todo en granos básicos, es hablar del punto donde empieza la seguridad alimentaria del país. Ahí se juega una parte del rendimiento, del costo de producción, de la capacidad de resistir sequías y plagas, y del futuro de millones de productores.

 

La semilla suele pasar desapercibida en el debate público. Casi siempre hablamos primero del precio de los fertilizantes, del agua, de los créditos, de la comercialización o de los apoyos gubernamentales. Pero antes de todo eso está el origen. Sin semilla suficiente y confiable, el resto del esfuerzo productivo camina con una base débil.

 

En 2024, en México se verificaron y avalaron oficialmente un poco más de 200 mil toneladas de semilla de 18 cultivos. Eso quiere decir que esa semilla pasó por una revisión técnica formal y fue reconocida por la autoridad como material con calidad comprobada para sembrarse y comercializarse dentro del sistema formal.

 

La autoridad responsable de esa tarea es el Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas, el SNICS. Es la instancia que revisa, verifica y avala que la semilla cumpla con los requisitos establecidos. El punto relevante aquí es que no se trata de semilla guardada por productores, sino de semilla que pasó por un proceso oficial de validación.

 

El problema es que ese volumen, apenas alcanzó para cubrir alrededor de 36% de las necesidades potenciales de esos cultivos. México sigue sembrando una parte muy grande de su superficie con una disponibilidad insuficiente de semilla formalmente revisada. Y eso, cuando se trata de granos básicos, no es un detalle técnico. Es un foco rojo.

 

La preocupación aumenta cuando uno mira cultivo por cultivo. En trigo, la cobertura de semilla calificada supera 80 por ciento. En maíz de riego también se mueve en niveles altos. Pero en arroz cae a cerca de 40 por ciento. Y en frijol, que forma parte esencial de la dieta nacional y de la vida productiva de amplias regiones del país, apenas ronda 7 por ciento. Ese dato, por sí mismo, ya retrata una fragilidad estructural.

 

Aquí hay una pregunta que vale la pena hacer en voz alta: ¿cómo puede México hablar de soberanía alimentaria si todavía tiene huecos tan grandes en la base genética de sus granos básicos? La respuesta no es cómoda. Durante años se ha hablado de producir más maíz y más frijol, pero muchas veces sin darle el mismo peso a la calidad y disponibilidad de la semilla con la que se pretende lograrlo.

El programa reconoce además que hay profundas desigualdades regionales. En el norte y el centro del país, donde existe más infraestructura, más riego, más integración comercial y mejores redes institucionales, el acceso a semilla de calidad suele ser mayor. En regiones con más rezago productivo, la falta de semilla confiable se traduce en menor rendimiento, menor capacidad de respuesta frente al clima y menor ingreso para las familias rurales.

 

Hablamos de maíz, frijol, arroz y trigo. Hablamos de la base de la alimentación cotidiana de millones de personas. Hablamos de cultivos con fuerte peso social, cultural y territorial. Cuando falla la estrategia de semillas en estos cultivos, lo que se debilita no es únicamente una cadena productiva. Se debilita una parte de la estabilidad alimentaria del país.

 

Los granos básicos necesitan variedades mejor adaptadas a sequías, altas temperaturas, nuevos patrones de enfermedades y exigencias de mercado. El problema no se resuelve únicamente con tener registros en papel. Lo que hace falta es que esas variedades lleguen al productor, se validen en condiciones reales y entren a una estrategia de adopción seria.

 

También es positivo que el programa reconozca el valor de las semillas nativas y de los sistemas locales de semilla. Pero aquí conviene ser muy precisos. Que México conserve semillas nativas y bancos de germoplasma no significa que esos materiales, por sí solos, vayan a sustituir automáticamente a las variedades mejoradas que hoy dominan la producción comercial de granos básicos. El asunto de fondo es otro.

 

El verdadero valor de ese patrimonio genético está en que puede ser la base de programas nacionales de mejoramiento capaces de desarrollar variedades mexicanas más competitivas. Tomar esa diversidad, estudiarla, cruzarla, evaluarla y convertirla en materiales con rendimiento, sanidad, estabilidad y calidad comercial.

 

La conservación tiene sentido cuando alimenta la innovación. Un banco de germoplasma bien aprovechado puede aportar características clave para construir variedades adaptadas a las condiciones reales de México, donde cada región presenta retos productivos distintos y donde el país necesita reducir su vulnerabilidad.

 

El gobierno tiene que llevar esta política al terreno del presupuesto, de la operación y del acompañamiento técnico. Los productores y sus organizaciones necesitan participar más en validación y adopción. Las universidades y centros de investigación deben recuperar fuerza en el mejoramiento genético de granos básicos. Y el país, en conjunto, tiene que entender que una semilla no es un insumo cualquiera. Es el primer ladrillo de la soberanía alimentaria.

 

La semilla cabe en la palma de la mano, pero de ella dependen cosechas enteras, ingresos familiares y decisiones estratégicas de una nación. Si México quiere hablar en serio de autosuficiencia y de fortaleza alimentaria, tiene que empezar por donde realmente comienza todo: por la semilla.

 

Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.