
Tuve la oportunidad de asistir a la Global Produce & Floral Show 2026, celebrada del 14 al 16 de octubre en Orlando, Florida. El encuentro me dejó una reflexión para el campo mexicano: vender frutas y hortalizas exige entender cuánto puede pagar el consumidor, qué espera recibir y cómo convertir una buena producción en un negocio que deje utilidad.
IFPA, la Asociación Internacional de Productos Frescos, retomó en 2022 el legado de Fresh Summit, la feria conocida en el sector como PMA. Su trayectoria supera los 75 años. Es una feria anual y cambia de sede entre ciudades de Estados Unidos, como Orlando, Anaheim y Atlanta. Esa continuidad refleja el valor de conectar producción con los mercados.
La oferta hortofrutícola mexicana tuvo presencia en stands de NatureSweet, Berries Paradise, Divine Flavor y Coliman, además del Pabellón de México. Esa participación me hizo pensar en el trabajo necesario para ganar clientes: calidad consistente, capacidad real de entrega y marcas que inspiren confianza al competir con proveedores de otros países.
Participar en una feria internacional implica pagar espacio, montaje, traslado de muestras y personal. Para una empresa pequeña, ese gasto puede limitar el acceso a compradores. Los pabellones compartidos permiten repartir los costos y dar más visibilidad a productores que difícilmente podrían sostener una participación individual en el extranjero.
Me llamó la atención un dato de la IFPA: alrededor de una cuarta parte de los consumidores estadounidenses compra menos frutas y hortalizas frescas, o las omite, cuando el precio rebasa lo que está dispuesta a pagar. El interés por comer mejor convive con presupuestos limitados. Esa tensión debería orientar los tamaños de empaque y las promociones.
Por eso, buscar mayor consumo demanda acuerdos entre proveedores y comercios. Conviene probar presentaciones accesibles y medir cuánto se vende, cuánto se desperdicia y cuánto recibe el productor. Bajar precios a costa exclusiva del agricultor podría deteriorar la oferta futura. La eficiencia debe distribuir beneficios y sostener toda la operación.
La confianza también tiene un costo concreto. Registrar el origen de cada lote, cuidar el agua utilizada y mantener la refrigeración exige inversión y disciplina. Para una empresa mexicana, demostrar esos controles facilita responder ante incidentes y defender su reputación. Una certificación debe reflejar prácticas que funcionen cada día en campo.
Cathy Burns, directora de IFPA, llamó a preparar a las empresas ante nuevas políticas de empaques, defendiendo su función para conservar alimentos y reducir pérdidas. Para México, la respuesta exige revisar el destino y producto. Cambiar una caja o película sin evaluar protección, costo y vida de anaquel podría aumentar las pérdidas en el traslado.
La innovación necesita pasar por esa misma prueba económica. Una herramienta o sistema nuevo debe medirse contra su inversión, mantenimiento y capacitación. Las empresas pequeñas pueden empezar con ensayos controlados. Comprar tecnología porque luce novedosa en una exposición podría consumir recursos escasos.
IFPA presentó iniciativas de inteligencia artificial para anticipar riesgos sanitarios y calcular efectos económicos de cambios en empaques. Su utilidad debe comprobarse en condiciones reales de operación. Para los negocios mexicanos, adoptarlas exige datos confiables y personal capacitado, además de revisar la inversión necesaria.
El encuentro también puso sobre la mesa la relación entre alimentos frescos y salud. IFPA destacó su impulso a la alimentación escolar y los programas de nutrición. Para mí, México tiene una tarea que resolver: acercar frutas y hortalizas a las familias exige disponibilidad, precios alcanzables y opciones sencillas de preparación en la vida diaria.
ASERCA, la Agencia de Servicios a la Comercialización y Desarrollo de Mercados Agropecuarios, apoyó a 120 empresas de 23 estados en la PMA de 2018. ProMéxico también facilitó pabellones, asesoría y encuentros con compradores en ferias internacionales. Esos antecedentes muestran que la promoción puede abrir oportunidades a otros productores.
¿Qué cambiaremos las empresas mexicanas después de esta feria? La respuesta debe verse en decisiones verificables: ajustar una presentación, ensayar una variedad o corregir una falla logística. Las asociaciones pueden reunir demandas comunes de compradores y compartirlas con productores que no pudieron viajar, para ampliar el alcance del encuentro.
Se requiere que el gobierno refuerce el presupuesto de promoción de las exportaciones, recuperando el acompañamiento que ofrecían ASERCA y ProMéxico. Propongo cofinanciar stands y agendas de negocios para productores organizados, con reglas transparentes y seguimiento continuo. El apoyo debe evaluarse por clientes nuevos y ventas cobradas.
Considero que quienes asistimos tenemos la tarea de dar seguimiento a las posibles oportunidades comerciales. En las semanas siguientes conviene enviar cotizaciones, acordar muestras y revisar márgenes con cada potencial cliente. Un contacto adquiere fuerza cuando hay continuidad.
La visita a Orlando reforzó mi convicción: participar cobra sentido cuando ayuda a vender con mayor certeza y a conservar el valor de la cosecha. Detrás de cada embarque hay salarios, créditos y familias que esperan cobrar. Esa realidad debe guiar nuestras decisiones después de la feria: construir negocios que puedan cumplirse a lo largo del ciclo.
Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.


