
Febrero dejó de ser una continuación y se convirtió en confirmación. Lo que estamos viendo en el agro mexicano ya no son eventos aislados, son señales consistentes de un sistema que empieza a depender más de lo externo y a desordenarse desde dentro.
El dato más claro está en los granos.
México amplía su dependencia más allá del maíz. En enero, las importaciones de sorgo crecieron 833 por ciento, pasando de 6 mil a 56 mil toneladas en un solo año.
Y la tendencia se mantiene: durante el primer bimestre de 2026, las importaciones de granos y oleaginosas aumentaron 14.4 por ciento en volumen, con el maíz creciendo 29.4 por ciento y consolidándose como el principal producto importado.
No es coyuntura, es estructura.
México está importando más para sostener su sistema alimentario.
Esta dependencia también se refleja en la industria.
Las importaciones de jarabe de maíz de alta fructosa crecieron 76 por ciento en cuatro años, superando los 531 millones de dólares en 2025.
No es solo un insumo, es una señal de cómo se está configurando el consumo y la producción de alimentos en el país.
Mientras tanto, la producción nacional pierde presencia en el exterior.
En 2025, las exportaciones de granos básicos cayeron 76 por ciento, prácticamente desapareciendo en el caso del trigo.
El mensaje es contundente: importamos más y exportamos menos.
Y eso ya impacta en el balance general.
La balanza comercial agroalimentaria redujo su superávit en 47 por ciento, pasando de 8,819 millones de dólares en 2024 a 4,066 millones en 2025.
Seguimos siendo superavitarios, pero cada vez con menos margen.
Dentro del país, las distorsiones de mercado empiezan a pesar.
El caso del frijol lo ejemplifica: compras gubernamentales selectivas y almacenamiento sin estrategia generaron una sobreoferta que terminó por desplomar el precio al productor en 32.4 por ciento.
Intervenir sin entender el mercado no estabiliza, desordena.
Y ese desorden también se refleja en la comercialización.
En Sinaloa, se proyecta una producción cercana a 4.1 millones de toneladas de maíz, pero la industria solo podrá absorber entre 2.5 y 2.7 millones.
Hasta 800 mil toneladas podrían quedarse sin comprador.
Producir ya no garantiza vender.
En el entorno internacional, las señales tampoco son menores.
El precio de la carne de res subió cerca de 16 por ciento, impulsado por la disminución del inventario ganadero en Estados Unidos.
El maíz y el trigo registraron ganancias en mercados internacionales, aunque en México los precios siguen contenidos por condiciones locales.
El clima, una vez más, reconfigura la oferta global.
Tormentas en Marruecos afectaron la producción de arándano.
Lluvias en el norte de Perú están limitando los envíos de mango hacia Estados Unidos.
Y China mantiene una producción de cítricos estable, respaldada por inversión y demanda interna.
El mercado global se ajusta, pero no espera.
Incluso en productos de alto valor, el comportamiento es claro.
Las exportaciones de aguacate mexicano crecieron 21 por ciento previo al Super Bowl, confirmando que existen ventanas de oportunidad… pero no todos los segmentos del agro logran capturarlas.
En conclusión, febrero deja una lectura directa: el problema no es solo cuánto produce México, sino cómo y para quién produce.
Dependemos más de lo que importamos.
Distorsionamos mercados internos.
Y producimos, en muchos casos, sin tener asegurada la salida comercial.
En 2026, el reto no es solo productivo. Es de diseño del sistema.
Porque cuando la dependencia se vuelve tendencia, el riesgo deja de ser temporal… y se vuelve permanente.
Dania Gámez
Especialista en agronegocios y análisis agroalimentario | Productora de contenido y host del podcast Ellas en el Agro


