17 de agosto de 2026
MC. Raymundo Elizalde Gastelo
Visión Agrícola 360
Opinión

Dependencia o alianza: el dilema del agro mexicano frente a EE.UU.

MC. Raymundo Elizalde Gastelo

Cada temporada agrícola, millones de toneladas cruzan la frontera entre México y Estados Unidos. Granos, frutas, hortalizas y semillas viajan por carreteras y puertos que sostienen una de las relaciones comerciales más intensas del mundo. Detrás de ese flujo constante hay una pregunta que inquieta a muchos productores: ¿esta integración impulsa al campo mexicano o lo mantiene atrapado en una estructura desigual?

 

El campo mexicano y el estadounidense viven entrelazados. Comparten mercados, estacionalidades y riesgos, y esa cercanía define quién avanza y quién queda rezagado. El tema ya no gira alrededor de cuánto se comercia, ahora se centra en quién establece el rumbo y las condiciones de esta relación.

 

México compra más de 30 mil millones de dólares en productos agrícolas de Estados Unidos cada año. Una parte importante corresponde a granos básicos como maíz amarillo, trigo, soya y sorgo. Estados Unidos opera con ventajas difíciles de igualar: subsidios federales, agricultura de precisión, financiamiento accesible y logística muy eficiente.

 

Su producción altamente mecanizada, impulsada por políticas de apoyo históricas, le permite colocar granos a precios muy competitivos, incluso considerando el transporte internacional. Para estados como Sinaloa y Sonora, esta realidad pesa. Su productividad es alta, pero los costos de diésel, energía, fertilizantes y agua complican competir contra el precio del maíz estadounidense.

 

En este contexto, los agricultores del noroeste mexicano llegan a cada ciclo con la incertidumbre de si podrán comercializar su cosecha a un precio que cubra su inversión. El dilema se vuelve más complejo al revisar la estructura del comercio bilateral. México depende de los granos estadounidenses, mientras Estados Unidos depende del producto fresco mexicano para surtir sus supermercados.

 

Durante 2024, las exportaciones agroalimentarias de México superaron los 44 mil millones de dólares, y cerca del 80% tuvo como destino el mercado estadounidense. El tomate, el chile, el aguacate, la fresa y el pepino mantienen activa la agricultura intensiva en regiones como Sinaloa, Baja California y Michoacán.

 

Ahí aparece la otra cara del equilibrio. Cuando México gana presencia en frutas y hortalizas, estados agrícolas del sur de Estados Unidos como Florida y California resienten el impacto. Sus productores consideran que las condiciones laborales y climáticas mexicanas generan una competencia difícil de enfrentar.

 

En los meses fríos del año, los supermercados estadounidenses exhiben gran cantidad de producto mexicano, desplazando parte de la oferta local. En el caso del tomate, los horticultores de Florida han ejercido presión política para que Washington imponga aranceles al tomate fresco mexicano, buscando frenar el avance de los productores nacionales.

 

Al mismo tiempo, los exportadores mexicanos deben enfrentar procesos de inspección más estrictos y un aumento en las exigencias de trazabilidad e inocuidad, lo que ralentiza el flujo comercial y eleva los costos operativos. Es un equilibrio delicado. México aporta frescura, calidad y cercanía geográfica. Estados Unidos garantiza mercado, financiamiento y una demanda constante.

 

A pesar de ello, el modelo actual revela varias desigualdades: el norte envía granos y tecnología, mientras el sur ofrece frutas, hortalizas y trabajo intensivo. Ambos países se necesitan, aunque esa interdependencia no ocurre con la misma fuerza para cada lado.

 

Para el campo sinaloense, el reto es doble. Por una parte, necesita mantener su lugar en la producción de granos mediante tecnificación, rotación de cultivos y mecanismos de comercialización que brinden estabilidad. Por otra, debe continuar fortaleciendo su posición exportadora en hortalizas, diferenciando calidad, certificaciones y trazabilidad.

 

La competencia internacional se intensifica, y muchos productores estadounidenses incrementan la presión política y comercial para disminuir la presencia de alimentos mexicanos. En este escenario, el gobierno federal enfrenta un desafío estratégico: reducir la dependencia de importaciones mientras fortalece la integración comercial y la competitividad interna. Esto implica invertir en infraestructura de riego, almacenamiento moderno, biotecnología y producción nacional de semillas y fertilizantes.

 

La verdadera soberanía agrícola se construye con visión y constancia, mediante decisiones que generen estabilidad en el largo plazo y fortalezcan la capacidad productiva del país.

 

Si México y Estados Unidos logran combinar sus fortalezas —la escala y tecnología del norte con la diversidad y productividad del sur— pueden avanzar hacia un modelo binacional más justo y sostenible. Un modelo donde ambas agriculturas encuentren espacio para crecer y donde las tensiones se transformen en acuerdos que garanticen la permanencia de esta relación vital.

 

La solución está en construir un puente estable que permita que los dos campos prosperen. Un puente donde cada cosecha, en vez de dividir, abra oportunidades para que ambas agriculturas sobrevivan y florezcan durante las próximas generaciones.

Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.

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