11 de septiembre de 2026
MC. Raymundo Elizalde Gastelo
Visión Agrícola 360
Opinión

Diésel caro, campo en riesgo

El alza en el precio del diésel ya impacta directamente al transporte de alimentos en México, elevando costos logísticos y presionando la rentabilidad del campo, especialmente en estados agrícolas como Sinaloa.

MC. Raymundo Elizalde

Cada litro de diésel que sube de precio termina reflejándose en la tortilla, en la caja de tomate y en cada viaje que sale del campo. Hoy, el aumento en el costo del combustible ya está presionando al autotransporte de carga en México. Esto enciende una alerta directa para el sector agrícola, que depende de la movilidad diaria. Más del 80% de los alimentos en el país se trasladan por carretera, y ahí empieza todo.

 

En los últimos meses, el diésel ha mostrado incrementos constantes que, aunque parecen pequeños en el corto plazo, acumulan un impacto importante. Para un camión de carga, el combustible puede representar cerca de la mitad de sus costos operativos. Cuando ese componente se encarece, la operación completa pierde margen. Es una presión silenciosa que crece sin hacer ruido, pero con efectos reales.

 

El primer efecto es inmediato: el aumento en las tarifas de flete. Transportar una tonelada de producto cuesta más, y ese incremento se traslada a lo largo de la cadena. El productor paga más por mover su cosecha, el distribuidor ajusta precios y el consumidor termina absorbiendo el impacto. Es un efecto dominó que rara vez se detiene.

 

En Sinaloa, donde cada ciclo agrícola moviliza millones de toneladas de maíz, hortalizas y granos, el transporte es un factor estratégico. No se trata únicamente de mover producto, se trata de sostener la rentabilidad del campo. Cuando los costos logísticos aumentan, el margen del productor se reduce de manera inmediata. Y ese margen ya venía presionado desde antes.

 

El agricultor enfrenta una realidad compleja: no siempre puede trasladar estos incrementos al precio final y al consumidor. Sus ingresos dependen de mercados internacionales, contratos previos o intermediarios que fijan condiciones. En ese contexto, el aumento del diésel se convierte en un costo que se absorbe en campo. Eso reduce capacidad de inversión y limita decisiones futuras.

 

El entorno tampoco da tregua. Sequías prolongadas, altos costos de fertilizantes y volatilidad en los mercados han marcado los últimos ciclos agrícolas. El encarecimiento del transporte se suma como un nuevo factor de presión. Esto obliga a replantear estrategias productivas en cada temporada. La incertidumbre se vuelve parte del día a día.

 

Hay un elemento estructural que agrava la situación. El flete en México depende en gran medida de pequeños y medianos transportistas. Muchos operan con flotas limitadas y con poco margen financiero. Cuando el diésel sube, su capacidad operativa se reduce. Algunos disminuyen recorridos y otros postergan mantenimiento, lo que incrementa riesgos.

 

Esto abre una pregunta que vale la pena hacer con seriedad: ¿qué pasa cuando mover alimentos se vuelve cada vez más caro y más complicado? La respuesta no es sencilla, pero sus efectos son visibles. Menor eficiencia logística, mayores costos acumulados y presión sobre toda la cadena agroalimentaria. Es un tema que va más allá del transporte.

 

Desde una perspectiva estratégica, el problema revela una debilidad importante. México depende casi totalmente del transporte carretero y del diésel para movilizar su producción agrícola. Esta dependencia limita la capacidad de respuesta ante cambios en costos energéticos. Y deja al sector expuesto a factores externos difíciles de controlar.

 

En otros países, la competitividad agrícola se ha construido diversificando la logística. El uso de ferrocarril, transporte marítimo regional y tecnologías más eficientes ha reducido costos. En México, ese proceso ha avanzado lentamente. La falta de inversión y planeación ha frenado una transición necesaria.

 

Si esta tendencia continúa, los efectos se verán en la forma en que se produce en el país. Cultivos con menor valor por tonelada podrían dejar de ser rentables en regiones alejadas. Mientras tanto, zonas cercanas a los centros de consumo podrían fortalecerse. Esto cambiaría el mapa productivo en el mediano plazo.

 

También se empieza a observar una tendencia hacia la regionalización. Producir cerca de donde se consume reduce costos logísticos y riesgos. Sin embargo, esto implica ajustes en infraestructura, planeación y mercado. No es un cambio automático, pero sí una señal de hacia dónde podría moverse el sector.

 

Frente a este escenario, el papel del gobierno es clave. Se requieren mecanismos que ayuden a estabilizar el costo del diésel o apoyos específicos al transporte de alimentos. También es momento de retomar inversiones en infraestructura logística más eficiente. El país necesita alternativas reales al modelo actual.

 

Los productores pueden avanzar en estrategias de organización. Compartir logística, planificar rutas y consolidar cargas puede generar eficiencias importantes. Los transportistas, por su parte, requieren acceso a financiamiento para modernizar sus unidades. La eficiencia energética será cada vez más importante para sostener la competitividad.

 

Al final, vale la pena hacernos una pregunta que no podemos evitar: ¿estamos preparados para asumir el verdadero costo de mover nuestros alimentos? El diésel caro no es un problema aislado, es un reflejo de cómo funciona la economía del país. Cada kilómetro recorrido lleva detrás trabajo, inversión y el alimento de millones.

 

Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.