18 de agosto de 2026
MC. Raymundo Elizalde Gastelo
Visión Agrícola 360
Opinión

Exportaciones en retroceso, alerta para el campo

El agro mexicano cerró 2025 con una caída cercana al 5% en exportaciones, afectado por restricciones sanitarias y medidas comerciales de Estados Unidos. El resultado: menor superávit, mayor presión para productores y una advertencia clara sobre la vulnerabilidad del sector ante choques externos.

MC. Raymundo Elizalde

Recientemente se dieron a conocer las cifras oficiales de las exportaciones agroalimentarias mexicanas, y el cierre de 2025 trae un dato que no podemos pasar por alto. El sector alcanzó poco más de 51 mil millones de dólares, lo que implica una caída cercana al 5% frente al año previo. A simple vista puede parecer un ajuste moderado, pero cuando se trata de uno de los principales generadores de divisas del país en la última década, cualquier retroceso debe interpretarse como una señal de advertencia.

 

La explicación no es abstracta. Tiene nombre y tiene fecha. En mayo del año pasado, Estados Unidos cerró sus fronteras al ganado mexicano tras la detección de casos de gusano barrenador. Esa decisión provocó una caída cercana al 22% en las exportaciones ganaderas. Para miles de productores pecuarios, eso significó animales listos para cruzar y mercados que simplemente dejaron de recibirlos. Cada semana detenida implicó costos de alimentación, financiamiento y logística que nadie tenía previstos.

 

El segundo golpe llegó en julio, cuando el gobierno estadounidense impuso una cuota compensatoria cercana al 17% al tomate mexicano, bajo el argumento de prácticas de venta por debajo del precio de mercado. El resultado fue una caída cercana al 24% en las exportaciones de tomate. Estamos hablando de uno de los productos insignia del agro nacional, particularmente en estados como Sinaloa, donde el tomate es sinónimo de empleo, inversión y actividad económica regional.

 

Otros productos también registraron retrocesos. Cerveza, tequila, carne de res, berries y chiles mostraron menores envíos al exterior. Cuando se observa el conjunto, queda claro que no se trata de un problema aislado, sino de una presión más amplia sobre la balanza agroalimentaria mexicana.

 

Mientras tanto, las importaciones crecieron cerca de 3%, alcanzando alrededor de 46 mil millones de dólares. Como consecuencia, el superávit agroalimentario se redujo a poco más de 4 mil millones de dólares, prácticamente la mitad de lo registrado el año previo. Este dato es relevante porque desde hace varios años la balanza ha ido perdiendo fuerza, mostrando que la ventaja comercial del sector ya no es tan amplia como antes.

 

¿Qué significa todo esto para el productor sinaloense o para el agricultor del Bajío? Significa mayor incertidumbre en un entorno que ya era complejo. Significa enfrentar costos crecientes de fertilizantes, energía, financiamiento y agua, en un contexto donde los mercados externos se vuelven más volátiles y politizados. Significa que el margen se estrecha justo cuando la inversión por hectárea es más alta que nunca.

 

Hay que decirlo con claridad: México depende en gran medida del mercado estadounidense. Esa integración ha sido una fortaleza durante décadas, pero también implica vulnerabilidad cuando surgen disputas sanitarias o comerciales. ¿Estamos haciendo lo suficiente para diversificar mercados y reducir esa dependencia? Esa es una pregunta que debemos hacernos con visión estratégica y sin evasivas.

 

La dimensión sanitaria también merece reflexión. El gusano barrenador no es solo un tema técnico; es un recordatorio de que la sanidad animal y vegetal es un activo estratégico. Cada brote, cada señal de riesgo, puede convertirse en un argumento para cerrar fronteras. Invertir en vigilancia epidemiológica, trazabilidad y coordinación binacional no es un gasto operativo más; es una póliza de seguro comercial para el país.

 

Por otro lado, la cuota compensatoria al tomate reabre el debate sobre la defensa comercial. México necesita equipos técnicos y jurídicos sólidos que actúen con rapidez y firmeza ante este tipo de medidas. El productor no puede enfrentar solo disputas de carácter internacional. Requiere respaldo institucional, claridad en reglas y acompañamiento permanente para sostener su competitividad.

 

Al mismo tiempo, debemos reconocer que algunos productos como el aguacate y el azúcar lograron incrementar el valor de sus exportaciones. Eso demuestra que existen segmentos con capacidad de adaptación, marca consolidada y demanda sostenida. La lección es clara: diversificar portafolios, apostar por valor agregado y fortalecer certificaciones puede marcar la diferencia en momentos de presión externa.

 

El panorama actual no es catastrófico, pero sí es una advertencia seria. El agro mexicano sigue siendo competitivo y estratégico para la economía nacional, pero enfrenta un entorno internacional más exigente y con mayores componentes políticos. La combinación de presiones sanitarias, medidas comerciales y costos internos elevados exige una estrategia integral que articule a gobierno, productores, comercializadores y organismos técnicos.

 

El campo ha demostrado resiliencia en repetidas ocasiones. Ha superado sequías, crisis de precios, pandemias y restricciones logísticas. Sin embargo, la resiliencia necesita políticas públicas coherentes, inversión en infraestructura sanitaria y comercial, financiamiento oportuno y una visión de largo plazo que trascienda coyunturas.

 

La caída de 2025 debe leerse como una llamada de atención. Si queremos que el agro continúe siendo un pilar del crecimiento económico, un generador neto de divisas y un sostén de millones de familias, necesitamos fortalecer su capacidad de respuesta ante choques externos. El momento de actuar es ahora, antes de que los retrocesos coyunturales se conviertan en tendencias estructurales difíciles de revertir.

 

Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.