El glifosato es un herbicida de amplio espectro utilizado para el control de malezas en sistemas agrícolas de todo el mundo. Actúa inhibiendo una enzima esencial para el crecimiento de las plantas, lo que permite reducir la competencia por agua, nutrientes y luz en los cultivos. En México se utiliza desde hace más de tres décadas y se ha convertido en una herramienta central en la preparación de suelos, el manejo previo a la siembra y, en algunos sistemas, durante el desarrollo del cultivo.
Hoy, su uso se encuentra bajo una revisión profunda. La discusión actual gira alrededor de los posibles riesgos a la salud y al ambiente, la presión regulatoria internacional y, al mismo tiempo, la falta de un sustituto que ofrezca la misma eficacia técnica con un costo viable para el productor. Este cruce de factores explica por qué el debate sobre el glifosato dejó de ser académico y pasó a ser un tema estratégico para la agricultura mexicana.
Durante más de 25 años, la defensa del glifosato se apoyó en un artículo científico publicado en el año 2000 en la revista Regulatory Toxicology and Pharmacology, firmado por Williams, Kroes y Munro. Ese trabajo concluyó que el herbicida no representaba riesgos significativos para la salud humana bajo condiciones normales de uso. Recientemente, se comprobó que dicho artículo fue elaborado con participación directa de la industria y carecía de la independencia científica que se asumía, lo que llevó a su retiro en diversos países.
En ese contexto, en el último trimestre del 2025 se alcanzó un entendimiento entre el sector agropecuario y el Gobierno federal para mantener el uso del glifosato mientras no exista una alternativa que iguale su eficiencia y costo. La decisión respondió a la necesidad de dar certidumbre al productor en un momento de alta presión productiva y financiera.
En estados como Sinaloa, donde los márgenes se han reducido, perder eficacia en esta etapa puede traducirse en menores rendimientos y mayores costos operativos. El desarrollo inicial del cultivo depende en gran medida de que el agua y los nutrientes estén disponibles para la planta y no se diluyan en la competencia con malezas.
El problema es que, hasta ahora, no existe un herbicida que iguale al glifosato en espectro, facilidad de aplicación y precio. Sustituirlo de manera inmediata obligaría a utilizar esquemas más complejos, aplicaciones adicionales o prácticas mecánicas que no siempre son viables en superficies extensivas. ¿Cuántas unidades productivas podrían absorber ese ajuste sin comprometer su rentabilidad?
Aquí cobra especial relevancia el desarrollo de alternativas biológicas de costo accesible. Bioherbicidas, extractos vegetales, microorganismos y formulaciones basadas en procesos biológicos representan una vía clave para facilitar el reemplazo gradual del glifosato. Sin embargo, para que estas soluciones sean realmente adoptadas en el campo, deben cumplir dos condiciones básicas: funcionar de manera consistente en condiciones reales de producción y tener un precio que no eleve de forma significativa los costos por hectárea.
El reto no es menor. Muchas alternativas biológicas muestran buenos resultados en parcelas demostrativas o a pequeña escala, pero enfrentan dificultades cuando se llevan a superficies grandes o a sistemas altamente tecnificados. Por eso, la inversión en investigación aplicada, validación regional y escalamiento industrial será determinante para que estas opciones pasen del discurso a la práctica cotidiana del productor.
Este escenario se complica por el entorno internacional. México perdió una controversia relacionada con el glifosato dentro del marco del T-MEC, lo que dejó claro que las decisiones agrícolas están cada vez más ligadas al comercio exterior. Las reglas comerciales, los paneles de controversia y las exigencias de los mercados influyen directamente en la política interna, al mismo tiempo que los compradores demandan trazabilidad y cumplimiento regulatorio.
Todo esto deja claro que el acuerdo alcanzado no elimina la transición tecnológica, la administra. El tiempo ganado debe utilizarse para fortalecer el desarrollo de alternativas químicas y biológicas, capacitar a técnicos y productores, y diseñar esquemas de manejo integrado de malezas que sean viables técnica y económicamente. Aquí entran rotaciones de cultivos, ajustes agronómicos, maquinaria especializada, productos biológicos y nuevas moléculas que aún se encuentran en desarrollo.
Mientras esa transición ocurre, el uso responsable del glifosato se vuelve fundamental. Aplicaciones fuera de tiempo, dosis inadecuadas o equipos mal calibrados aceleran la aparición de resistencias y reducen su vida útil.
La pregunta que queda sobre la mesa es directa: ¿estamos utilizando este periodo para preparar la siguiente etapa o solo para ganar tiempo? La historia del campo muestra que los cambios improvisados terminan siendo costosos. Prepararlos con información, acompañamiento técnico y políticas claras marca la diferencia.
La discusión sobre el glifosato no se trata de posiciones rígidas. Se trata de sostener la viabilidad productiva del campo mientras la ciencia, la tecnología y las alternativas biológicas avanzan. Como en cualquier ciclo agrícola, las decisiones que se toman antes de la siembra definen el resultado de la cosecha.
Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.


