
En medio de la tensión comercial que vive América del Norte y ante la creciente dependencia alimentaria de México, vuelve a surgir una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si nuestro país decidiera excluir al maíz, al trigo y a la soya del T-MEC? La sola idea sacude al sector agroalimentario.
México importa más de 35 millones de toneladas de granos al año. Tan solo en maíz, las compras externas rondan los 23 millones de toneladas, principalmente de Estados Unidos. Eso representa cerca del 45% del consumo nacional. Es una cifra que habla por sí sola.
Excluir los granos del T-MEC implicaría replantear las reglas del juego. En teoría, México podría establecer aranceles o cupos para estabilizar el mercado interno y fortalecer el ingreso del productor. Sería un mensaje político fuerte, una declaración de intención sobre soberanía alimentaria.
El impacto interno tampoco sería sencillo. La industria pecuaria depende del maíz importado para alimentar aves, cerdos y ganado. Un incremento en el precio del grano se trasladaría rápidamente a la carne, el huevo y la leche. ¿Está el consumidor mexicano preparado para pagar más por estos alimentos?
Aquí aparece el dilema estratégico. Defender al productor nacional es una prioridad legítima. Sin embargo, proteger sin fortalecer la productividad puede generar distorsiones mayores. El problema de fondo no es únicamente comercial, es estructural.
A nivel geopolítico, el contexto actual añade presión. Estados Unidos ha endurecido su discurso comercial en distintos sectores. Las tensiones energéticas y ambientales siguen abiertas. Colocar los granos en la mesa de renegociación podría convertirse en moneda de cambio en otros temas estratégicos.
Además, el T-MEC contempla mecanismos de compensación. Si México decide retirar productos sensibles, tendría que ofrecer concesiones equivalentes en otros sectores. Eso podría afectar otras áreas de la economía donde también tenemos intereses relevantes.
La verdadera pregunta es si México puede transitar hacia una mayor autosuficiencia sin generar una crisis inflacionaria. Recuperar producción nacional implicaría invertir miles de millones de pesos durante varios años. No se logra de una temporada a otra.
También debemos reconocer que el consumo nacional ha cambiado. La industria pecuaria y la transformación agroindustrial crecieron con base en insumos importados. Romper ese modelo requeriría una transición ordenada y acuerdos con todos los eslabones de la cadena.
Quizá el debate más profundo no sea excluir o mantener los granos dentro del T-MEC. Tal vez el punto central es cómo renegociar condiciones más justas para el productor mexicano dentro del marco existente. Revisar subsidios, programas de apoyo, fortalecer reglas sanitarias, impulsar compras públicas nacionales, etc.
Porque la soberanía alimentaria no es un discurso romántico. Es una estrategia de seguridad nacional. Depender en casi la mitad del maíz que consumimos implica vulnerabilidad ante conflictos comerciales o climáticos externos.
Quienes trabajamos en el sector sabemos que el campo responde cuando existen señales claras y reglas estables. El productor mexicano lo que necesita es un entorno que premie la eficiencia y garantice rentabilidad.
Excluir los granos del T-MEC podría sonar atractivo en el discurso político. En la práctica, exige preparación, recursos y visión de largo plazo. De lo contrario, el remedio podría resultar más costoso que la enfermedad.
La decisión final, si algún día se toma, tendrá que equilibrar seguridad alimentaria, estabilidad económica y relaciones internacionales. No es un tema ideológico, es un asunto estratégico para el futuro del país.
Al final, conviene hacernos una pregunta sencilla: si mañana se cerraran las fronteras, ¿tenemos la capacidad productiva y logística para alimentar a 130 millones de mexicanos con nuestra propia tierra?
Responder con honestidad a esa pregunta es el primer paso para construir una política agrícola sólida y realista.
Esto fue Visión Agrícola 360: El Panorama Completo del Campo Mexicano.


